Arqueólogos adolescentes recuperan un túnel oculto en el castillo de Lleida

El sol de julio castiga Lleida. El termómetro amenaza con rozar los 40 grados y, arriba, en lo alto del turó de la Seu Vella no se oye absolutamente nada. El bullicio de la ciudad desaparece súbitamente y en la que siglos atrás fuera nombrada Roca Sobirana se puede sentir la erosión del viento contra dos grandes monumentos, la Seu Vella y el castillo de la Suda.

Que un equipo de arqueólogos trabaje al pie del monumento de Lleida no es nada nuevo, de hecho es algo habitual desde los años ochenta. Pero si el equipo esté formado por jóvenes de poco más de 15 años, convierte la historia en una gran aventura. Resguardados de las altas temperaturas veraniegas el campo de trabajo en el que participan consiste en recuperar un patrimonio oculto, un túnel del siglo XVIII situado cerca de la entrada del castillo.

La galería en la que ahora trabajan los noveles arqueólogos servía para que las tropas pasaran de un nivel a otro de la fortificación, seguramente, revela el presidente del Consorci del Turó de la Seu Vella, Josep Tort, “por él entraban y salían las armas”. Hoy, casi impracticable, volverá a ver la luz cuando el equipo acabe las tareas de limpieza y restauración. “Está previsto que en poco tiempo, cuando se hayan instalado puntos de luz, el túnel sea visitable e, incluso, pueda formar parte de alguna de las rutas en las visitas guiadas”, explica Tort.

Los chicos y chicas que restauran el túnel, acompañados por un arqueólogo experto y por el equipo de la concejalía de Joventut, descubrirán más secretos dentro del templo de la Seu Vella. Se intercambiarán con el otro equipo participante, que intenta catalogar restos escultóricos depositados en la catedral.

De esta forma, mientras los jóvenes que trabajan en el túnel cargan carretillas de arena o sacan a relucir los sillares, otra unidad de trabajo clasifica y enumera alguno de los tesoros escultóricos que guarda la Seu Vella en sus bóvedas cerradas al público. Es un privilegio que pocos ostentan y con mucho cuidado, provistos de linternas y pinceles, los jóvenes van descubriendo alguna de las piezas que la catedral tiene en depósito. El objetivo es acabar realizando un catálogo para el Museu de Lleida.

A través de la experimentación, de poder tocar y tener muy cerca cabezas, manos u otros fragmentos de estatua, los chicos aprenden durante 15 días la metodología que siguen los museos para catalogar las piezas y, sobre todo, descubren el valor de lo que en un primer momento podrían parecer restos almacenados en un rincón del templo.

“Los campos de trabajo son todo un éxito entre los jóvenes y además de ser una actividad lúdica, tienen una repercusión social, ya que las labores de los arqueólogos noveles tienen una traducción en la vida real de la ciudad”, explica el concejal de juventud, Oriol Yuguero.

Pasadas las horas de trabajo y antes de colgarse las mochilas para bajar de nuevo a la ruidosa ciudad, un guía les explica cada rincón del conjunto monumental. El castillo del Rey, conocido como la Suda, fue construido en diferentes etapas, entre los siglos XII y XIV. Hoy podemos visitar sólo los vestigios del que entre 1640 y 1948 se habría usado como cuartel militar y que fue sufriendo graves mutilaciones en el transcurso de las diferentes guerras europeas.

La catedral, consagrada en 1278, se cerró al culto después de que la ciudad se rindiera a las tropas de Felipe V, en 1707. Cuarenta años más tarde se tornaría también cuartel militar y el esplendor de siglos anteriores fue desapareciendo, convirtiéndose en un viejo edificio oscuro y frío.

La restauración del castillo y de la catedral empezó en los años ochenta con diferentes intervenciones arqueológicas. Hoy día pasear por el luminoso claustro del tempo o por la nave noble del castillo es una experiencia agradable y evocadora.

Los jóvenes que se han vestido de arqueólogos colaboran en la dignificación y en la recuperación del que es, ahora sí, el mayor tesoro de los leridanos. Con la reconstrucción de un olvidado túnel o la catalogación de una escultura hecha añicos habrán aportado su granito de arena a la cultura de su ciudad.

Cuando abandonan el turo de la Seu Vella el termómetro marca todavía 37 grados. El ‘skyline’ de Lleida se muestra señorial.

*Cecília López*

Leer el artículo en LaVanguardia.com

Anuncios