La ruta de la supervivencia de los sin recursos en el Centre Històric de Lleida

La jornada diaria de la decena de extranjeros que sobreviven en las calles de Lleida comienza en el Antic Mercat de Santa Teresa, ubicado en pleno Centre Històric de Lleida. Vienen de paso. Intentan trabajar como temporeros en la campaña de recogida de la fruta y no poseen más que una maleta con pocas pertenencias. Tras hacer cola, en el mismo lugar donde no hace tantos años se comercializaban los productos más esenciales, conseguirán un carnet que durante 15 días les permitirá acceder a los servicios de asistencia básica.

En la Oficina municipal de Atención Social, donde tramitan el carnet, los inmigrantes explican a los asistentes su caso y así el consistorio intenta llevar un control de las necesidades y la situación de casa usuario. El concejal de Benestar Social, Josep Presseguer, asegura que “Lleida es la única ciudad con un entramado de servicios completo para atender las necesidades básicas de las personas sin recursos”.

En el gigantesco Mercat de Santa Teresa, ahora reconvertido en punto de partida de la ruta de los sin recursos, hay tres servicios de ayuda gestionados por voluntarios. En el primero, el Banco de Alimentos y Cruz Roja reparten comida. Cada persona se lleva una bolsa con víveres para intentar pasar el día. Hoy el menú consiste en un bote de legumbres y un brick de zumo. Algunas panaderías de la ciudad también colaboran con la causa donando barras. A cada uno se le proporciona plato y cubiertos de plástico. Presseguer se apresura en remarcar que “además de la asistencia básica hay que tratar a absolutamente todo el mundo con la dignidad que se merece, si damos comida enlatada debemos darles las herramientas para poderlas consumir”.

Servicios de alimentacion, higiene, peluquería y consigna
En otra zona de la nave del mercat se gestiona un servicio de consigna. El que quiera puede dejar allí sus maletas. El suelo está inundado de enseres personales esperando que sus dueños los recojan al final de la jornada. El servicio de lavandería se encuentra en el mismo lugar. Voluntarios lavan las toallas o la ropa de los temporeros y es aquí donde la recogen una vez limpia.

En otro rincón, un peluquero espera, con un viejo sofá y un espejo, a que pasen por sus manos aquellos que necesiten un servicio de corte de pelo. Quizás es donde hay menos cola. La mayoría abandona pronto el mercado con su carnet en la mano, en dirección a la oficina de La Maranyosa, donde los educadores y trabajadores sociales del ayuntamiento y los voluntarios de Cáritas y Cruz Roja gestionan el ropero y el servicio de duchas. A pocos metros de allí, justo en el solar donde debería haberse construido la nueva audiencia de Lleida, se encuentra el campamento en el que pernoctan decenas de inmigrantes.

El director de Serveis Territorials de Benestar Social i Família en Lleida, Joan Ramon Saura, se interesa por el número de usuarios que acuden a la oficina de La Maranyosa. Hasta 120 personas utilizaron el servicio de duchas ayer, le explica una voluntaria de Cruz Roja, y añade: “El calor del mes de julio es insoportable y poder asearse es algo imprescindible”. No hay mujeres en la cola de las duchas, ellas vienen a primera o a última hora para no saturar el servicio, ya que en cada dependencia hay seis duchas y a ellas se les garantiza el derecho a la intimidad.

Saura alaba el proyecto de atención a los temporeros del consistorio y explica que “Lleida es la diáspora y el punto caliente de esta problemática, por su ubicación, que sirve de lugar de paso para todos aquellos trabajadores del campo que viajan siguiendo las campañas de recogida de la fruta en España”.

Cáritas, con más de cinco voluntarias, se encarga del ropero. Cada usuario tiene derecho a un pack de higiene y de afeitado y a una muda para toda la campaña con ropa interior, zapatos, calcetines y ropa de trabajo.

Un problema sin solución perfecta
Según los datos de la concejalía, hasta 150 voluntarios trabajan ayudando a los inmigrantes sin recursos del campamento. Desde el inicio del verano ya han atendido a 654 personas, de las cuales sólo 53 eran mujeres. Casi todos son originarios de Mali, Senegal, Gambia, Ghana, Algeria, Marruecos y Mauritania; unos pocos proceden del Este de Europa y Latinoamérica. De entre todos, sólo un 18% no tienen permiso de trabajo frente a la gran mayoría que sí acuden a Lleida con su situación administrativa regularizada.

Presseguer afirma que lamentablemente no existe una solución perfecta al problema: “El campamento está aquí y aunque en invierno casi desaparece, en verano nos encontramos con esta situación en la que decenas de personas sin recursos acuden a la ciudad en busca de trabajo”. Sólo hay dos opciones, añade: “O no se les ofrece nada y malvivirán sin nuestra ayuda o se intenta llegar a un equilibrio en el que no se fomente el efecto llamada pero se les garantice lo básico para la subsistencia”.

A lado de La Maranyosa, en el campamento, hay un grupo de hombres abriendo botes de legumbres y bricks de zumo. Un minúsculo cazo en un fuego improvisado, entre los matorrales del solar, sirve para calentar el plato. El lugar que debería albergar las modernas instalaciones de la Audiencia lo ocupan decenas de comensales que no están dispuestos a explicar qué les ha traído hasta aquí. Odian las fotografías, temen que sus familias puedan descubrir la situación real en la que se encuentran. La reacción ante la cámara es en general muy nerviosa y violenta. Apilan botes vacíos de garbanzos en una esquina del campamento y esperan que hoy no llueva.

*Cecília López*

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