La guerra de la chatarra, cuestión de supervivencia para el colectivo gitano

Chaveli, Miguel Ángel, Amaray, Bibi y Samara son algunos de los hijos y los nietos de los gitanos chatarreros del barrio de la Mariola de Lleida. Uno de los más pequeños, al que apodan ‘el Paleto’, toma la voz cantante y suplica: “Por favor, digan a la Policía que no le quite la chatarra y el cartón a mi padre, porque si no, no podremos comer”. ‘El Paleto’ tiene diez años y forma parte del centenar de familias gitanas que malviven de la recogida de chatarra en Ponent. El colectivo, que se reunió el pasado mes de marzo con el Presidente de la Generalitat, Artur Mas, pide que Catalunya redistribuya el sector del reciclaje y permita que una fundación articule la actividad de pequeños autónomos que hoy día se encuentran fuera del circuito legal y se ven abocados a la marginalidad y a la delincuencia para sobrevivir. La comunidad gitana denuncia que son incapaces de competir contra las empresas de recogida de residuos de las administraciones locales.

Acaba el culto y el tío Antonio Salazar, patriarca y presidente de la Asociación Cultural Gitana de Lleida, reúne a algunos de los padres de familia que se dedican a la recogida de chatarra y cartones. Los niños corretean mientras las mujeres observan, de lejos, sentadas en los portales de los bloques.

Miguel tiene 52 años, cuatro hijos y diez nietos. Ha trabajado durante todo el día pero no ha conseguido ni medio kilo de chatarra. Sólo ha logrado traer una cesta de caracoles, “que he tenido que esconder y que ha servido para la comida de todos”. Raymundo, de los Heredia, es mucho más joven. Tiene dos hijos y ha intentado dedicarse a la recogida de la fruta, sin éxito. Quiere un futuro digno para sus hijos, le gustaría que pudieran estudiar y tener una vida mejor que la suya. Llevaba 300 kilos de chatarra en la furgoneta que esperaba vender por 20 o 30 euros. La Policía le ha requisado el material. Asegura, con rabia, que “no era robado”.

La crisis y la competencia de la administración
El presidente de la Asociación Cultural Gitana de Lleida afirma que “la crisis y la regulación del reciclaje y de las plantas de recogida y tratamiento de residuos por parte de Ayuntamientos y Consejos Comarcales han sido los dos factores que más han abocado a los pequeños recolectores a la delincuencia y a la economía de la miseria.” “El problema es que la administración ha cedido la actividad a empresas grandes que han podido concursar para adquirir las concesiones, contra las que nosotros no podemos competir. Esto ha hecho que no podamos recoger libremente la chatarra y que aquello que encontremos sólo podamos venderlo a empresas privadas de reciclaje”, añade Salazar.

La realidad es que cada vez más gente intenta conseguir chatarra para venderla en alguna de las 17 plantas de tratamiento y reciclaje de Ponent. Es un negocio que genera mucho dinero a gran escala, pero que apenas deja margen para los pequeños recolectores. Las familias que viven de ello pasan horas rebuscando e intentan llenar la furgoneta al máximo para ahorrar en carburante. Esto les cuesta multas por exceso de carga. El hierro apenas vale nada, unos 180 euros la tonelada. En cambio el cobre, el material más apreciado, se paga a 3 euros el kilo si se entrega limpio.

El Intendente y Subjefe de la región policial de Ponent de los Mossos d’Esquadra, Josep Maria Estela, explica que los principales hurtos y robos relacionados con la chatarra se dan en las “explotaciones agrícolas y ganaderas en las que no viven sus propietarios”. En ellas los ladrones pueden encontrar desde herramientas agrícolas en desuso hasta infraestructuras de hierro de granja o incluso las mismas puertas o ventanas. “Es un problema prioritario para un territorio agrícola como el de Lleida. Tenemos un operativo específico dedicado al mundo rural, ya que el daño que ocasionan estos robos es mucho mayor que el beneficio que se pueda obtener de la venta del material”.

Los gitanos de la chatarra denuncian que ahora no pueden acercarse a las casas donde antes les daban residuos para reciclar: “Los somatenes se nos tiran encima, intentan asustarnos e intimidarnos a gritos, como si fuéramos animales. Nos inmovilizan las furgonetas y nos retienen hasta que viene la policía a comprobar la carga”. En este sentido, el Intendente y Subjefe de la región policial de Ponent recalca que “no se puede criminalizar a la gente que se dedica a vender materiales reciclados” y recalca que “hay mucha gente que se dedica a la chatarra y no ha delinquido nunca”. “Por contra, otros nunca han rebuscado en los contenedores y simplemente se dedican a robar”, puntualiza.

Según el abogado Joan Argilés, la dificultad para obtener chatarra ha hecho que aumenten los casos de pequeños hurtos entre el colectivo gitano, lo que comporta que policía, abogados y todo el aparato judicial tenga que dedicar ahora esfuerzos “descomunales” ante una actividad que reconocen que el colectivo tradicionalmente había realizado “de forma honrada”.

La solución, una fundación que regule la actividad
El patriarca Salazar asegura que la solución a la inactividad, al paro y a los robos no pasa por ofrecer ayudas sociales como el PIRMI: “La gente quiere trabajar y para muchos la chatarra ha sido su ocupación desde siempre, pero ninguno de estos pequeños recolectores puede permitirse pagar las cuotas de autónomo”. “Necesitamos que la administración nos ceda una parte de la actividad para que a través de una fundación se regule el trabajo de estas personas que viven en la marginalidad y en la pobreza”, propone.

El abogado Argilés, que apoya la iniciativa gitana, pone como ejemplo a seguir el caso de la Fundación ONCE, que “emplea a un colectivo que sin esta fundación podría quedar desamparado y al que la administración le ha cedido parte de la actividad de las loterías”.

La comunidad gitana propuso esta iniciativa el pasado mes de marzo al Presidente de la Generalitat, Artur Mas, en el marco de una reunión en el Parlament de Catalunya. Ahora la propuesta ha pasado a la Dirección General de Residuos, que tendrá que evaluarla y negociar su viabilidad.

Mientras, los padres de Chaveli, Miguel Ángel, Amaray, Bibi y Samara han acabado el día con pocos o ningún euro en sus bolsillos. ‘El Paleto’ vuelve a recuperar la mirada del niño que es cuando el patriarca y el resto de gitanos le piden que cante. Un par de monedas valen para que muestre su arte flamenco. Mañana quizás haya más suerte.

Cecília lópez

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