Una tarde en el Circo Raluy

 

Lluís es el payaso veterano del circo. Se mueve despacio y sube, peldaño a peldaño, la escalerita que lleva a su pequeña caravana para maquillarse y vestirse antes de su función. Dentro, una luz minúscula anaranjada ilumina a dos gatos que descansan y beben agua en una lata. Lluís cuenta que hace años que viajan con él. Al más oscuro y peludo le falta el ojo izquierdo. Abre con cuidado un tarro de maquillaje blanco y, tembloroso, se esparce la crema por la cara, el cuello y cuando su brazo no alcanza más, me pide si puedo ayudarle. La esponja me pringa los dedos que limpio disimuladamente en la pernera de mi pantalón. Se empolva todo el maquillaje con talco. Me cuenta un secreto con un hilito de voz: sin el talco, no podría darle un beso a nadie, el maquillaje acabaría en la cara de los demás.

El espejito de su camerino le sirve a Lluís para dibujar, con las ceras de colores que guarda dentro de una caja de lata azul, sus labios y nariz de payaso.  Apenas puede vestirse sólo y le ayudo a colocarse bien la gorguera de encaje e hilo dorado.

En la carpa, el espectáculo ha empezado. Equilibristas, músicos, malabaristas y payasos divierten al público mientras Lluís vigila, a escondidas, desde detrás de una de las cortinas de terciopelo rojo de las gradas. Entre bambalinas, el resto de artistas terminan de preparar sus números.

La cara de ilusión de pequeños y grandes lo dice todo. Va terminando la función y Lluís se deja retratar, pacientemente, hasta el final. Es entrañable. Le doy las gracias por esta maravillosa tarde. Y a Cristobal, compañero fotógrafo, le agradeceré siempre que me brindara esta oportunidad que hacía meses perseguía.

 

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